Madmoiselle Mort
Recuerdo que una vez oí de un gran médico y hombre al que estimo mucho que "al nacer la Muerte es lo único que tenemos con seguridad".
Por más que le di vueltas al asunto no pude negar tal afirmación, lo que en aquellos momentos me resultó un tanto triste.
Hoy vuelvo a meditar sobre el tema.
Hace poco leí una encuesta realizada a 600 mujeres de la ciudad de Santiago. Una de las preguntas a realizar era "¿a qué le teme más?". La gran mayoría de las interrogadas respondió "a la muerte".
¿Pero por qué, siendo ésta una consecuencia natural de la vida, nos dejamos envolver por el pánico cuando de ella se trata?
No hay motivo alguno para concebirla como algo "malo". De ser así, podríamos cuestionarnos la naturaleza moral de la vida misma que, como sabemos al sufrirla y reirla día a día, no es ni blanca ni negra.
Si bien no he tenido un acercamiento real a la muerte -tan sólo la he "vivido" como experiencia simbólica en la renovación de partes de mi persona-, sí la he develado como un ideal en la instancia onírica.
Un par de noches atrás era apuñalada, sin dolor ni sufrimiento. Pero aquello sólo representaba dos de mis "seres interiores" en conflicto; nada que venga al caso.
No, la visión que me gustaría citar asomó su rostro en mi mente hace ya varios meses. Por aquel entonces había estado deseando la muerte con una mezcla de ilusión y tristeza que me tenían aletargada. Anhelaba alcanzar una esfera armónica de paz y perfección. Era una idea muy cristiana, a pesar de no considerarme religiosa.
Me encontraba en una especie de parque o reserva ecológica muy extensa, paseando con mi familia. Había algo parecido a una avioneta de color naranja, que carecía de portezuelas en sus costados. Era de metal y no contaba con cinturones.
Subí a bordo. Mi papá pilotearía, sentado a mi izquierda. Mi prima, Antonia, tomó su lugar a mi derecha.
(Antonia es mi persona favorita. Con ella crecí y la amo como a una hermana. Por esto imagino que está tan implicada en el sueño de aquella noche).
Antes de despegar, me volví a mi prima y, tomando su mano, le dije -aún lo recuerdo-: "durante el viaje no me sueltes la mano. Si caes, no me sueltes. Si caemos las dos, no me sueltes hasta que toquemos el suelo".
Y sucedió lo inevitable: en medio de una pirueta aérea, caímos de la avioneta -sólo Antonia y yo- y nos precipitamos en dirección al piso.
Por supuesto, nuestras manos no se separaron en todo el trayecto a una muerte segura.
Un atisbo de Alegría.

Geronimo dijo
Morir es volar.
A fines de Enero de 1999, un día de pleno verano, desperté como a las cinco y media de la madrugada, debido a un temblor de tierra. Me senté en la cama y no tardé en darme cuenta de que el remezón se había debido al paso de un vertiginoso camión cargado de piedras. Aún oía el rugido de su motor alejándose. Me senté en la cama, resignado, y decidí levantarme.
Salí al patio lateral por la puerta trasera de casa, hacia el norte. Había una atmósfera muy extraña, una luz difusa que iluminaba las cosas de un modo desconocido, de forma que la enorme mimosa amarilla parecía encendida desde dentro. En realidad, todo brillaba en sí mismo, incluso el aire. Tuve la sensación de que ya conocía esa manera de ser, tan real, que de pronto adquirían las cosas, pero no sabía ni dónde ni cuándo. Era como si el universo estuviera detenido en el silencio y todo brillara intacto. Sólo yo caminaba. Yo era lo único que podía moverse.
Bordeando la pared exterior de mi dormitorio, me dirigí hacia el oriente, hacia la calle principal por la que había pasado el camión despertador. De pronto vi que la puertecilla en desuso pegada al muro de piedra, que conducía hacia fuera, había desaparecido. Estaba tan vieja, amarrada con alambres oxidados, que era fácil sacarla. Pensé que se la habían robado. Ahora el paso hacia la calle estaba libre. Me percaté de que las piedras de la pirca, medio derruida por el transcurrir del tiempo, estaban removidas, más ordenadas. Allí se había trabajado, se había mejorado la posición de las piedras, de forma que la pirca se veía fortificada, vívida, como renacida en sí misma. La sentí de nuevo como aquella de la infancia.
Esto me produjo un cierto ímpetu, que, unido a la invitación del hueco sin puerta, me indujo a salir a la calle como cuando era chico. En aquellos tiempos siempre usaba esa pequeña salida, como un escape secreto, alternativo a la gran reja principal de casa.
El silencio y la inmovilidad totales continuaron. No había tráfico. Tampoco pavimento: se habían hecho trabajos en el camino, en cuyos bordes se elevaban altos de tierra. Pero ahora no había nadie, ni un alma, literalmente ni un alma. ¿Cómo era posible que no hubiera pavimento si ayer lo había y si hacía unos minutos había pasado un veloz camión, despertándome? Mi extrañeza aumentaba, mientras sentía una inmensa sensación de soledad y quietud. La calle estaba nuevamente polvorienta, y sin embargo se veía límpida. Todo estaba recortado en sí mismo, invitando a la curiosidad.
Entonces, desde el patio trasero, a unos cuarenta metros, donde se levanta la cabaña de mi hermana, junto a la higuera, me llegó el canto de mi madre.
¿Qué significaba que mi madre cantara de madrugada? ¿Qué significaba que ella tocara su guitarra en la lejanía, una lejanía que flotaba en la misma extraña dimensión en la que yo había penetrado, pero que sin embargo eran los lugares de siempre? ¿Por qué ella estaba a esas horas en casa de mi hermana, quien la escuchaba cantar? ¿Por qué había tierra amontonada por todos lados? ¿Dónde estaban los ruidos de la vida, de modo que sólo se oía el canto de la madre, así como cuando yo era pequeño? ¿Qué hacer con este sentimiento de bello desconcierto? ¿En qué dimensión me hallaba? ¿Dónde estaba el movimiento del mundo, el cansancio, el estrés? ¿Eran estos los lugares de mi vida o me había trasladado de sitio? ¿O había cambiado mi percepción, de forma que ahora captaba lo que siempre había habido pero nunca sentido? ¿Había cambiado el exterior? ¿Había cambiado yo?
Mis preguntas no tuvieron eco. Sentí que toda respuesta era superflua, sólo palabras que nada podían reflejar de lo que estaba viviendo, allí y entonces. Las palabras, las explicaciones, pertenecían a esa dimensión de la cual, al parecer, me había escapado sin saber cómo.
Observé la vieja casa del frente y la vi distinta, pero no obstante la misma de toda la vida. Miré el camino hacia arriba, y de algún modo que no puedo explicar vi el pavimento que ya no estaba. Clavé la mirada en la tierra removida de sus bordes. Me sentía raro y gozoso, picado por la curiosidad. Pensé que se trabajaba en todo lo que me había visto crecer: el camino, la pirca, la puertecita. ¿Pero quiénes trabajaban? Todo había cambiado desde el día de ayer, y sin embargo todo permanecía intacto. ¿Cómo explicar esto? No había nada que explicar. Las cosas eran así.
La reja de casa, hacia el sur, estaba abierta, y desde ella sobresalían unos inmensos troncos de árboles caídos. ¿También se trabajaba en casa? Había un profundo proceso de cambio. Entré por la reja, miré los gruesos troncos tendidos a lo largo del parrón, torcí hacia la izquierda, hacia el dormitorio de mi madre, y me detuve frente al ventanal de la galería, a unos seis metros de la puerta azul del dormitorio, que estaba cerrada. Alcé la cabeza y, cuando mi mirada cruzó las ramas del tilo que me cubría –el tilo que conozco desde el día en que nací-, pensé que debía intentar volar.
Anteriormente, en mi vida, había volado muchas veces, pero en avión o en sueños. Ahora quería intentarlo sin avión y estando despierto, ahora que las cosas del mundo eran tan reales y concretas como yo jamás había imaginado que podían ser. Flexioné las rodillas y me impulsé hacia arriba. Sin sorprenderme, me elevé.
Mi cuerpo atraviesa las ramas del tilo, como si fuera de niebla, y enfilo hacia el sur, cruzando el pueblo a unos doscientos metros de altitud. Dirijo el vuelo con impulsos del cuerpo, sobre todo de los brazos. De pronto, todo se aclara: estoy muerto. Todo es tan inmensamente real, que debo estar muerto. Voy volando por el mundo, sorprendiéndome de mi nueva realidad. Pienso que debería enfilar hacia el lugar de las almas, y no quedarme volando sobre el planeta. Cuando yo estaba vivo, aprendí que los espíritus se van a lo suyo. Pero sigo volando, sigo vagando sobre la tierra. ¿Quizás no estoy del todo seguro de haber muerto? Las quebradas, los prados verdes, los cañones se extienden bajo mí. Puedo verlos con mis ojos penetrantes -no son ojos, son lupas que gradúo a voluntad- cuando agudizo la vista. Se me ocurre que de una forma parecida ven los pájaros.
¿A quién le hago falta? ¿Quién se pondrá triste por mi muerte? Mientras avanzo por el cielo, mirando la tierra, cuento sólo a dos personas a las que le haré falta. ¿Son sólo dos personas las que me extrañarán, sólo dos? Bueno, a todo hay que buscarle su cara positiva: el único inconveniente de la muerte son los que quedan, los que aman, los que pueden añorar, y mientras menos sean, menos son los que sufren. Es ese el único inconveniente de la muerte, porque, francamente, estar muerto es sensacional.
Vuelo por donde quiero, nadie ni nada puede detenerme. Aterrizo cuando quiero, entro a las casas que quiero, hago lo que quiero. Soy liviano, soy volátil, soy vacío, y no obstante tengo un cuerpo para volar. Tengo brazos, tengo piernas, tengo tronco, tengo cabeza, pero ellos atraviesan lo material. Si mi cuerpo era pesado y no podía elevarse, ahora es una pluma transparente en el aire. Si hubiese sido ciego, ahora podría ver, y si hubiese sido inválido, ahora podría correr,
Cuando agudizo la vista, las personas, esos puntitos allí abajo, se hacen nítidas. Las veo a la perfección, capto como nunca lo que son los cuerpos de carne y hueso. Ya no quiero ver paisajes, vastos panoramas, sólo personas. Aterrizo en una casa de madera construida en la pendiente de un monte, entro y recorro sus habitaciones. Me siento como un intruso, pero me divierto. De pronto escucho una conversación, gente que se acerca. Son tres mujeres que me van a descubrir. Me asusto, me escondo, me deslizo como un ladrón hasta una ventana y me echo a volar, inseguro de lograrlo nuevamente. Un acantilado se extiende bajo mí. Pero vuelo, sigo volando a la perfección. Eso me llena de felicidad.
Una de las mujeres que ha entrado en la casa es joven, muy delgada, y me atrae en forma especial. Qué lástima no haberla conocido en vida. De pronto la veo descender por un sendero de arena que sobrevuelo después de elevarme desde la ventana. La sigo. No me ve, no nota mi presencia. Descubro, entonces, que soy invisible. Pero siento que mi cuerpo es material, yo vuelo con ese cuerpo y dirijo el vuelo con los impulsos de sus miembros. Me acerco a la mujer y soplo sobre su cara, con mis manos le tomo el cabello, le sonrío a dos centímetros de su rostro, y ella me siente, no lo dudo, pero como a la brisa. ¡Qué divertido es jugar con su solidez, mientras a mí nadie me ve! Estoy inmensamente feliz: ¡soy invisible! Me puse a reír con gran regocijo.
Mi vuelo continúa hasta una ciudad desconocida. Desciendo hasta la entrada de un metro, comienzo a bajar las escaleras hacia el subterráneo, y entonces veo a un muchacho que se acaba de bajar del tren y que viene subiendo. Algo me mueve a molestarlo, creo que la curiosidad de verlo reaccionar, y entonces lo provoco dándole suaves y rápidos golpecitos de puño en sus brazos. Él reacciona empuñando también sus manos, y comienza a golpear el aire, como jugando, como bailando, sonriéndole a la nada. No hay nadie más cerca. El muchacho cree estar solo. Yo me divierto enormemente. Soy invisible.
Ahora voy volando por sobre unas dunas y diviso un balneario, un campo nudista. Puedo enfocar mi vista de un modo tal, que es como si lo hiciera a través de un prismático: aíslo una imagen, o, si quiero, sólo una parte de ella, aumentándola a voluntad en mi visión, notando cada ínfimo detalle. Sobre la arena hay niños jugando con una mujer que los cuida y entretiene, todos desnudos. Mi razonamiento es lógico: he salido de Chile, pues allí nadie se baña sin ropa en forma pública. Estoy en una costa. Hay mar, gente de vacaciones.
Quisiera volver al pueblo en que vivo, pero no tengo idea del rumbo a tomar. Estoy sentado en una roca, a la orilla del mar. Tengo posada la vista sobre un azul infinito, pero pienso que ya deseo volver a mi pueblo.
Y vuelvo:
Extraña forma de despertar: no tener idea dónde se está, quién se es, qué significa tener conciencia. No sé cuánto rato duró esa impresión, pero tardé mucho en recuperar la conciencia de este mundo, y tuve que lucha para conseguirlo. Recuerdo mi pensamiento cuando fui captando la opaca realidad que me recibía de vuelta: “después de todo, estoy vivo, no me morí”. Me sentía triste de haber vuelto, pasé un día melancólico. Todo era turbio. Esta realidad, en comparación con la otra, que es luminosa y concreta, no brilla. Todas nuestras percepciones están muy limitadas.
Durante el día fue aclarándose la idea de que no había soñado, sino que había abandonado mi cuerpo, que permaneció inerte en la cama mientras mi conciencia, con otro cuerpo, uno ingrávido, había viajado. El camión me despertó, pero después, en lugar de levantarme, volví a dormirme. ¿O soñé con el camión? Los hechos que ocurrieron durante el vuelo, los pequeños episodios vividos, son simples recursos para vivenciar lo esencial: una sorprendente, desconcertante y maravillosa forma de percibir el mundo. No había nada que interpretar, sólo recordar, comprender y aceptar.
¿Será así la muerte? Sea como sea, lo concreto es que después de una experiencia tal desaparece mucho del miedo que uno le tiene a morirse, inevitable tránsito del cual, en nuestras sociedades, poco se gusta hablar. Mientras dormimos pueden pasarnos cosas extraordinarias, como perder la angustia de morir y confirmar que ese miedo es un gran tabú.
3 Abril 2006 | 10:23 PM